(Narra
Virginia).
Estaba
sola en la tienda. Liam había ido un momento a por una botella de agua para mí.
Se portaba muy bien conmigo, tanto que daban ganas de abrazarlo y consumirme
entre sus brazos. Escuché unas pisadas. Era Liam.
–Aquí
tienes. Calienta el agua en la boca, está fría. –se preocupaba por mí. Eso
lo hacía más adorable aún.
–Muchas
gracias. –pegué un gran sorbo. Dejé la botella en una esquina. Cerró la
cremallera de la tienda. Se puso a mi lado, pero se quedó sentado.
–¿Tienes
frío? –dijo mientras me tapaba mejor con la manta. Automáticamente sonreí.
–Ahora
estoy mejor. –dije con un tono suave. Finalmente, él se tumbó del todo.
–¿Te
acuerdas…? –me miró.
–Dime.
–dije poniéndome de lado para mirarle mejor.
–¿Te
acuerdas cuando nos conocimos? –el momento se me vino a la cabeza. Él me llamó
“Kate”.
–Claro
que me acuerdo.
–Cuando…
cuando te llamé Kate. –cada vez bajaba más el tono – ¿te gustaría saber el
por qué? –él tragó saliva.
–Como
prefieras. –dije encogiéndome de hombros levemente.
–Yo
tuve una novia, físicamente igual que tú. Estaba perdidamente enamorado de
ella, era mi alma gemela.
–¿Y
dónde está ahora? –interrumpí. Hubo silencio. A Liam se le iban cristalizando
los ojos poco a poco.
–Está
en el cielo. –dijo entre cortado. De repente sentí como si me apretaran el
corazón. ¿Había muerto? Tenía los labios secos, me los humedecí.
–¿Qué
le sucedió? –dije mordiéndome el labio a causa de la preocupación.
–Un
estúpido accidente. Nos atropellaron. Yo tuve alguna que otra herida externa,
pero ella… –unas lágrimas brotaron de sus ojos velozmente. Me sentía
realmente mal al verle así. A la mejor persona del mundo le había ocurrido lo
peor. Se me hizo un nudo en la garganta. Eso me impidió hablar.
–Se
le rompió la columna y tuvo parálisis cerebral. No pudieron hacer nada. Y todo
eso por un hijo de puta que iba borracho. Yo estaba al otro lado de la calle e
intenté salvarle corriendo hacia ella para apartarla, pero llegué tarde. –los
dos apretamos los puños. Él cerró los ojos y suspiró como pudo. Me temblaba el
labio.
–No
sabes cuánto la echo de menos. Haría lo
que fuera para que estuviera a mi lado, sintiendo sus cálidas caricias y
escuchando sus chistes malos. Oh Dios, amaba tanto sus chistes, aunque no tuvieran
gracia. Cuando yo reía, le hacía feliz, y eso era lo que importaba. Ese día,
decidimos vivir juntos. Íbamos de camino a mi piso. En el hospital me pusieron
en la misma habitación que ella. Cada día la miraba con todos esos aparatos
puestos, odiaba verla así. Escuchaba los pitidos de la máquina que indicaban
los latidos de su corazón. Y que un día,
cada vez se hacían más y más débiles. Me temí lo peor.
Empecé a
gritar su nombre, tirándolo todo al suelo. Vinieron varias enfermeras y me
pusieron un tranquilizante. Usé las pocas fuerzas que me quedaban para decirle:
“Te quiero”. Ella me completaba la vida.
–Anda,
ven aquí. –dije en un hilo de voz. Él se aferró a mí fuertemente. Se encogió de
piernas. Posó su cabeza en mi vientre. Yo le acariciaba el pelo.
–Ojalá
pudiera retroceder en el tiempo. Extraño su dulce y femenina voz. Nadie me
había hecho sentir tan bien como ella. Bueno, hasta que te conocí. –eso
me sorprendió. “Bueno, hasta que te conocí”, ¿quería decir que yo le hacía
sentir bien?
–Intentaré
que te olvides de ello.
–¿Crees
que es fácil olvidar?
–Hazme
caso. –respiró muy fuerte.
–Te
cuidaré para que no te pasa nada. Estar contigo es como si estuviera con ella.
–dijo. Mi mirada se iluminó.
–Y
yo te contaré todos los chistes malos que me sepa. –soltó una risilla que duro
apenas unos segundos. Se incorporó en un movimiento rápido y me besó la frente
cuidadosamente.
–Buenas
noches. –me dio la espalda. Me quedé un rato despierta, asimilando lo que me
había dicho. Era demasiado doloroso. Me asomé para ver si se había dormido.
Dormía profundamente. Tenía una pequeña sonrisa. Le acaricié la mejilla
secándole el rastro de agua que habían dejado sus lágrimas. Después, me dormí.
(Narra
Cristina).
–¡Já!
Te gané por millonésima vez. –dije levantando los dos brazos con energía– ¡te
gané, te gané y te gané! –le di una pequeña palmadita en la cara. Estaba
enfadado, cruzado de brazos, haciendo que sus bíceps se notarán más. Eso me
enloqueció un poco. Era una experta en las cartas, nadie me había ganado nunca.
–Tonta.
–dijo sacándome la lengua.
–Perdedor.
–dije poniendo una “L” con los dedos en mi frente. Harry miró las cartas y
luego a mí con una sonrisa pícara. Cogió una y me la tiró a la frente. Se rió
echándose para atrás.
–¡Au!
¡Me has hecho daño! –dije frotándome la zona dolorida. Él se incorporó.
–Lo
siento. Eso te pasa por tener la frente tan grande. –dijo mientras se encogía
de hombros mirando para arriba. Abrí mucho la boca.
–¿Te
has metido con mi frente? ¿Tú te has visto las orejas que tienes? –se sacudió
el pelo. Me mató con ese movimiento.
–Pero
no puedes negar que soy muy, pero que muy sexy. –dijo guiñando el ojo.
–¿Qué
dices? Si eres un aborto. –me tumbé.
–¿Un
aborto? Si dijiste que te morías por mí. –él también se tumbó.
–¿Cuándo
dije eso? –pregunté.
–Pues,
no sé. ¿A lo mejor cuándo nos besamos en aquel restaurante? –yo reí.
–Estaba
borracha, ¿vale? –dije con tono burlón.
–No
mientas, nena. –me pegó un pequeño tirón en el pelo. ¿Y ahora que le iba a
decir? Si cuando me besó, sentí una sensación increíble.
–Bueno,
si piensas que es mentira, allá tú. Y por cierto, besas fatal. –mentí. Él echó
una carcajada fuerte y corta.
–Muchas
chicas se han derretido con mis besos, y más todavía en la cama…
–Calla,
que eres un capullo. –alargué mi mano y le pegué un pellizco en el muslo. Él
encogió las piernas.
–¿Estás
celosa? Normal. Te pongo.
–Les
pones a todas, pero a mí, no. –nos callamos. Escuchaba la respiración de Harry.
–Lo
gracioso es… que de todas las chicas que he conocido, no me han llamado tanto
la atención como tú. –mi corazón empezó a latir con fuerza. ¿Yo? ¿Llamarle la
atención a un chico? Esto era nuevo para mí. Según me han dicho, Harry es el
típico chico popular del instituto que vuelve locas a todas las chicas que
pasasen por su lado. Hasta chicas mayores que él.
Sentí que
me acariciaba el pelo.
–Me
encanta tu pelo. Es muy sedoso y natural. Ya me estaba cansando de las rubias
de bote. –sonreí tímidamente. Como siga tocándome, voy a darme la vuelta y me
lo voy a tirar. Se me erizaba la piel.
–¿No
dices nada? –dijo acercándose a mi oreja susurrándome. Me estremecí.
–Estaba
intentando dormir, Harold. –el resopló.
–Te
dije que no me llamaras así, por favor.
–Harold,
Harold, Harold, Ha-. –me calló plantándome un beso. No me lo esperaba. Me dejé
llevar. Él quería jugar con mi lengua, pero yo se lo impedí. Me separé de él
para poder respirar.
–Es
muy tarde. Voy a dormir. –apagué la pequeña lamparita.
–Era
un beso de buenas noches, eh. No te emociones. –no respondí.
–¿Cristina…?
Bah. –se colocó abrazándome. Estúpido, se creía que no me daba cuenta. Pero, se
estaba muy a gusto así, sintiendo su respiración en mi cuello y sus brazos
fuertes envolviéndome.
(Narra
Louis).
Nos
quedaba un poco de hambre así que tuve que robar una bolsa de patatas de la
cocina. Nos las estábamos comiendo.
–Y
bueno, ¿para qué querías el juguete que le compré a mi hermano? –me preguntó
Aída.
–Quería
dárselo a mi primo. Pero tu hermano lo necesitaba más que Ethan. Tiene de todo
y siempre acaba rompiéndolos.
–En
serio, muchísimas gracias.
–Las
gracias se las tienes que dar a Raquel. Si ella no hubiera aparecido metiéndose
en nuestra pelea, me hubiese llevado el juguete. –dije chupándome los dedos
porque los tenía llenos de sal.
–Una
pregunta algo atrevida. –dijo. Metí la mano en la bolsa y me comí una patata.
–Suelta.
–dije con la boca llena.
–¿Yo
te parezco guapa? Se sincero, por favor. –me atraganté. Claro que era guapa,
bueno no, lo siguiente.
–Vale,
la he cagado. Soy fea. –yo estaba tosiendo mientras negaba con la cabeza. Me
empezó a dar palmadas en la espalda.
–¿Qué
te pasa? ¿Estás bien? –asentí. Me di un puñetazo en el pecho. La patata bajó.
Me alivié.
–Si
te soy sincero, si que me pareces guapa. Bastante de lo que crees. –me avergoncé
un poco, ella se puso un poco colorada.
–Tú
tienes unos ojos preciosos. –sonreí. Y hablando de mis ojos. Tenía sueño. Doblé
la bolsa de las patatas y las aparté. Bostecé.
–¿Tienes
sueño? Entonces deberíamos dormir ya. –nos dormimos muy pegados, sintiendo el
calor del otro.
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