domingo, 10 de marzo de 2013

Capítulo 13.


 (Narra Virginia).

Estaba sola en la tienda. Liam había ido un momento a por una botella de agua para mí. Se portaba muy bien conmigo, tanto que daban ganas de abrazarlo y consumirme entre sus brazos. Escuché unas pisadas. Era Liam.

 –Aquí tienes. Calienta el agua en la boca, está fría. –se preocupaba por mí. Eso lo hacía más adorable aún.

 –Muchas gracias. –pegué un gran sorbo. Dejé la botella en una esquina. Cerró la cremallera de la tienda. Se puso a mi lado, pero se quedó sentado.

 –¿Tienes frío? –dijo mientras me tapaba mejor con la manta. Automáticamente sonreí.

 –Ahora estoy mejor. –dije con un tono suave. Finalmente, él se tumbó del todo.

 –¿Te acuerdas…?  –me miró.

 –Dime. –dije poniéndome de lado para mirarle mejor.

 –¿Te acuerdas cuando nos conocimos? –el momento se me vino a la cabeza. Él me llamó “Kate”.

 –Claro que me acuerdo.

 –Cuando… cuando te llamé Kate. –cada vez bajaba más el tono – ¿te gustaría saber el por qué? –él tragó saliva.

 –Como prefieras. –dije encogiéndome de hombros levemente.

 –Yo tuve una novia, físicamente igual que tú. Estaba perdidamente enamorado de ella, era mi alma gemela.

 –¿Y dónde está ahora? –interrumpí. Hubo silencio. A Liam se le iban cristalizando los ojos poco a poco.

 –Está en el cielo. –dijo entre cortado. De repente sentí como si me apretaran el corazón. ¿Había muerto? Tenía los labios secos, me los humedecí.

 –¿Qué le sucedió? –dije mordiéndome el labio a causa de la preocupación.

 –Un estúpido accidente. Nos atropellaron. Yo tuve alguna que otra herida externa, pero ella…  –unas lágrimas brotaron de sus ojos velozmente. Me sentía realmente mal al verle así. A la mejor persona del mundo le había ocurrido lo peor. Se me hizo un nudo en la garganta. Eso me impidió hablar.

 –Se le rompió la columna y tuvo parálisis cerebral. No pudieron hacer nada. Y todo eso por un hijo de puta que iba borracho. Yo estaba al otro lado de la calle e intenté salvarle corriendo hacia ella para apartarla, pero llegué tarde. –los dos apretamos los puños. Él cerró los ojos y suspiró como pudo. Me temblaba el labio.
 –No sabes cuánto la echo de menos.  Haría lo que fuera para que estuviera a mi lado, sintiendo sus cálidas caricias y escuchando sus chistes malos. Oh Dios, amaba tanto sus chistes, aunque no tuvieran gracia. Cuando yo reía, le hacía feliz, y eso era lo que importaba. Ese día, decidimos vivir juntos. Íbamos de camino a mi piso. En el hospital me pusieron en la misma habitación que ella. Cada día la miraba con todos esos aparatos puestos, odiaba verla así. Escuchaba los pitidos de la máquina que indicaban los latidos de su corazón. Y que  un día, cada vez se hacían más y más débiles. Me temí lo peor.
Empecé a gritar su nombre, tirándolo todo al suelo. Vinieron varias enfermeras y me pusieron un tranquilizante. Usé las pocas fuerzas que me quedaban para decirle: “Te quiero”. Ella me completaba la vida.

 –Anda, ven aquí. –dije en un hilo de voz. Él se aferró a mí fuertemente. Se encogió de piernas. Posó su cabeza en mi vientre. Yo le acariciaba el pelo.

 –Ojalá pudiera retroceder en el tiempo. Extraño su dulce y femenina voz. Nadie me había hecho sentir tan bien como ella. Bueno, hasta que te conocí.  –eso me sorprendió. “Bueno, hasta que te conocí”, ¿quería decir que yo le hacía sentir bien?

 –Intentaré que te olvides de ello.

 –¿Crees que es fácil olvidar?

 –Hazme caso. –respiró muy fuerte.

 –Te cuidaré para que no te pasa nada. Estar contigo es como si estuviera con ella. –dijo. Mi mirada se iluminó.

 –Y yo te contaré todos los chistes malos que me sepa. –soltó una risilla que duro apenas unos segundos. Se incorporó en un movimiento rápido y me besó la frente cuidadosamente.

 –Buenas noches. –me dio la espalda. Me quedé un rato despierta, asimilando lo que me había dicho. Era demasiado doloroso. Me asomé para ver si se había dormido. Dormía profundamente. Tenía una pequeña sonrisa. Le acaricié la mejilla secándole el rastro de agua que habían dejado sus lágrimas. Después, me dormí.

(Narra Cristina).

 –¡Já! Te gané por millonésima vez. –dije levantando los dos brazos con energía– ¡te gané, te gané y te gané! –le di una pequeña palmadita en la cara. Estaba enfadado, cruzado de brazos, haciendo que sus bíceps se notarán más. Eso me enloqueció un poco. Era una experta en las cartas, nadie me había ganado nunca.

 –Tonta. –dijo sacándome la lengua.

 –Perdedor. –dije poniendo una “L” con los dedos en mi frente. Harry miró las cartas y luego a mí con una sonrisa pícara. Cogió una y me la tiró a la frente. Se rió echándose para atrás.

 –¡Au! ¡Me has hecho daño! –dije frotándome la zona dolorida. Él se incorporó.
 –Lo siento. Eso te pasa por tener la frente tan grande. –dijo mientras se encogía de hombros mirando para arriba. Abrí mucho la boca.

 –¿Te has metido con mi frente? ¿Tú te has visto las orejas que tienes? –se sacudió el pelo. Me mató con ese movimiento.

 –Pero no puedes negar que soy muy, pero que muy sexy. –dijo guiñando el ojo.

 –¿Qué dices? Si eres un aborto. –me tumbé.

 –¿Un aborto? Si dijiste que te morías por mí. –él también se tumbó.

 –¿Cuándo dije eso? –pregunté.

 –Pues, no sé. ¿A lo mejor cuándo nos besamos en aquel restaurante? –yo reí.

 –Estaba borracha, ¿vale? –dije con tono burlón.

 –No mientas, nena. –me pegó un pequeño tirón en el pelo. ¿Y ahora que le iba a decir? Si cuando me besó, sentí una sensación increíble.

 –Bueno, si piensas que es mentira, allá tú. Y por cierto, besas fatal. –mentí. Él echó una carcajada fuerte y corta.

 –Muchas chicas se han derretido con mis besos, y más todavía en la cama…

 –Calla, que eres un capullo. –alargué mi mano y le pegué un pellizco en el muslo. Él encogió las piernas.

 –¿Estás celosa? Normal. Te pongo.

 –Les pones a todas, pero a mí, no. –nos callamos. Escuchaba la respiración de Harry.

 –Lo gracioso es… que de todas las chicas que he conocido, no me han llamado tanto la atención como tú. –mi corazón empezó a latir con fuerza. ¿Yo? ¿Llamarle la atención a un chico? Esto era nuevo para mí. Según me han dicho, Harry es el típico chico popular del instituto que vuelve locas a todas las chicas que pasasen por su lado. Hasta chicas mayores que él.
Sentí que me acariciaba el pelo.

 –Me encanta tu pelo. Es muy sedoso y natural. Ya me estaba cansando de las rubias de bote. –sonreí tímidamente. Como siga tocándome, voy a darme la vuelta y me lo voy a tirar. Se me erizaba la piel.

 –¿No dices nada? –dijo acercándose a mi oreja susurrándome. Me estremecí.

 –Estaba intentando dormir, Harold. –el resopló.

 –Te dije que no me llamaras así, por favor.
 –Harold, Harold, Harold, Ha-. –me calló plantándome un beso. No me lo esperaba. Me dejé llevar. Él quería jugar con mi lengua, pero yo se lo impedí. Me separé de él para poder respirar.

 –Es muy tarde. Voy a dormir. –apagué la pequeña lamparita.

 –Era un beso de buenas noches, eh. No te emociones. –no respondí.

 –¿Cristina…? Bah. –se colocó abrazándome. Estúpido, se creía que no me daba cuenta. Pero, se estaba muy a gusto así, sintiendo su respiración en mi cuello y sus brazos fuertes envolviéndome.

(Narra Louis).

Nos quedaba un poco de hambre así que tuve que robar una bolsa de patatas de la cocina. Nos las estábamos comiendo.

 –Y bueno, ¿para qué querías el juguete que le compré a mi hermano? –me preguntó Aída.

 –Quería dárselo a mi primo. Pero tu hermano lo necesitaba más que Ethan. Tiene de todo y siempre acaba rompiéndolos.

 –En serio, muchísimas gracias.

 –Las gracias se las tienes que dar a Raquel. Si ella no hubiera aparecido metiéndose en nuestra pelea, me hubiese llevado el juguete. –dije chupándome los dedos porque los tenía llenos de sal.

 –Una pregunta algo atrevida. –dijo. Metí la mano en la bolsa y me comí una patata.

 –Suelta. –dije con la boca llena.

 –¿Yo te parezco guapa? Se sincero, por favor. –me atraganté. Claro que era guapa, bueno no, lo siguiente.

 –Vale, la he cagado. Soy fea. –yo estaba tosiendo mientras negaba con la cabeza. Me empezó a dar palmadas en la espalda.

 –¿Qué te pasa? ¿Estás bien? –asentí. Me di un puñetazo en el pecho. La patata bajó. Me alivié.

 –Si te soy sincero, si que me pareces guapa. Bastante de lo que crees. –me avergoncé un poco, ella se puso un poco colorada.

 –Tú tienes unos ojos preciosos. –sonreí. Y hablando de mis ojos. Tenía sueño. Doblé la bolsa de las patatas y las aparté. Bostecé.

 –¿Tienes sueño? Entonces deberíamos dormir ya. –nos dormimos muy pegados, sintiendo el calor del otro.

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