domingo, 24 de febrero de 2013

Capítulo 12.


(Narra Raquel).

Ahora era el momento. Niall me lo iba a contar todo. Estamos los dos metidos en la tienda, sin hablar, pero decido romper el silencio.

–Niall, quiero que seas lo más sincero posible conmigo, necesito que me digas la verdad. –dije seria.

–¿Qué quieres que te diga? –me daba la espalda.

–Todo.

–No creo que sea buena idea, Raquel.

–Sí es buena idea, venga, cuéntamelo todo.

–Es más difícil de lo que parece…

–Sé que te resulta duro, pero por favor, cuéntamelo. –suspiró muy fuerte.

–Cuando era pequeño todo iba normal, éramos una familia feliz y adinerada. Yo iba a la escuela, tocaba la guitarra y también cantaba algo, eso me encantaba. Pero, más adelante, mis padres se divorciaron. Ese día estaba yo en la calle, con mis amigos. Volví a mi casa no muy tarde, y me encontré a mi madre con moratones por todo el brazo, –paró un poco para respirar hondo, después siguió– había sido mi padre. 
Él desapareció. No le he vuelto a ver la cara desde aquel día. Tuve que cuidar a mi madre durante varios años porque cayó enferma. Mi hermano Greg se fue con mi padre, los dos estaban muy unidos. Siempre nos habíamos llevado muy bien, pero conforme él iba madurando, se comportaba muy mal conmigo, hasta llegar al punto de la violencia. –dios mío, este chico necesita amor–. 
Finalmente, mi madre murió de cáncer. Me quedé solo, y me metieron en un orfanato. Me daba mucho asco ese ambiente, así que me escapé con otros chicos que opinaban lo mismo.

–¿Esos chicos son con los que te juntas ahora? –interrumpí. Él asintió con la cabeza 
levemente.

–Ahora dormimos en un piso que ni si quiera es nuestro. Vivimos de lo que robamos e intentamos ser muy cuidadosos con lo que hacemos. –se giró dejando de darme la espalda. Estaba llorando, resopló.

–Perdóname si alguna vez  te he hablado  mal, pero es que es inevitable. Yo solo siento odio dentro de mí, y me libro de él tratando a los demás cómo si fueran una mierda. Cosa que no se merecen, y me arrepiento. –no me miraba a los ojos, sino a un punto fijo.

–Tranquilo, con todo lo que te ha pasado es normal. Eh, Niall, mírame. –me miró con los ojos cristalizados.

–Mi pasado me atormenta, es demasiado. No creo que una persona pudiera vivir con todo lo que siento, pero aquí estoy. También tengo miedo de que me encarcelen.

–No creo que te encarcelen por lo que has hecho. Has robado, solo os harán pagar una multa. –se mordió el puño.

–¿Y de dónde sacamos el dinero, robando también?

–No, yo os ayudaría.

–De ninguna manera, no quiero. No vas a pagar por algo que no has hecho.

–Me da igual, porque somos amigos, y los amigos se apoyan en todo momento, ¿no lo 
sabías?

–De eso ya ni me acuerdo. –le temblaba el labio.

–Pues yo te lo voy a ir recordando lo que vale la amistad.

–¿Qué quieres decir con eso?

–Que deberías dejar todo lo que estás haciendo y venirte conmigo. –subió una ceja.

–¿Eso quiere decir dejar a mis amigos? –asentí.

–Y también creo que deberíais entregaros, y en cuanto a lo del dinero, no importa. Ya nos la apañaremos.

–Tú estás loca. –me susurró.

–Intento que superes el odio. Te sentirás mejor.

–Eso es imposible.

–Para mí todo lo imposible, es posible. Solo si te empeñas, puedes conseguir lo que pretendes.

–¿Para qué? Si eso no sirve para nada, lo he comprobado.

–¿Estás seguro? –no respondió–. Vuelvo a repetir: Deberíais entregaros a la policía. Os mandarían al juzgado y os pondrían la multa. Supongo que os darán un plazo para poder pagarla
.
–¿Crees que podremos salir de esta? –dijo en un hilo de voz.

–Sí, te lo prometo. –juntamos nuestros meñiques. Niall tenía unos ojos azules preciosos, nunca había visto uno cómo los suyos. Sus mejillas estaban sonrosadas. El rubio le quedaba muy bien. ¿Cómo se apañará para teñirse el pelo él solo?

–¿Te tiñes el pelo todos los días? ¿De dónde sacas el tinte? –pregunté.

–Eso ya es privado. –reímos.

–¿Sabes? –negué con la cabeza. Él sonrió de medio lado.

–Nadie me ha tratado tan bien cómo lo has hecho tú esta noche. Añoraba que alguien me diese… cariño. –hizo una mueca–  Raquel.

–Dime. –dije con una vocecita. El sonrió tímidamente.

–¿Puedo… puedo darte… un abrazo? –me sorprendí mucho. Niall me pedía que le diese amor. ¿Por qué no? Lo necesita más que nunca.

–Por supuesto. –nos abrazamos torpemente. Podía sentir su calor, un calor bastante agradable.

–Gracias, –me susurró– me he podido desahogar contigo. Ahora conoces al verdadero Niall. Creo, que eres la única.

–No tienes por qué darlas. Te lo mereces, rubio. –me abrazó más fuerte.

–Hueles realmente bien, Rachel. –me hizo sonreír. Nos separamos y se quedó mirando para arriba. Yo cerré los ojos.

Ahora lo entiendo todo. Niall había sufrido mucho, por eso hace todo esto. Tengo que hacer que se olvide de ello y que mire la parte positiva de las cosas.

(Narra Niall).

Creo que Raquel ya se ha dormido. Es ahora nunca. Me levanté con cuidado para no despertarla, acto seguido salí de la tienda y me puse las zapatillas. No me cambié de ropa, por la simple razón de que no me llevé el pijama. Me quedé unos segundos contemplando la cara adormecida de Raquel. Qué narices. Me acerqué a ella y le di un beso en la mejilla. No sé por qué lo hice, pero fue como un impulso. Se me escapó una risilla. Me estaba poniendo rojo, nunca había besado a una chica en la mejilla. Cerré la cremallera de la tienda. Me salté la alta valla del jardín con un movimiento rápido. Me puse la capucha. Ella me ha hecho reflexionar, y sí, voy a hacer lo que ella me ha dicho. Sé que me va a costar decírselo a los chicos, pero es por el bien de todos. Quiero volver a ser feliz.



sábado, 23 de febrero de 2013

Capítulo 11.


(Narra Chari).

La comida estaba deliciosa. La carne estaba medio hecha y las nubes algo tostadas. Habíamos visto cantidades de estrellas fugaces, son preciosas. Ahora lo que tocaba, era dormir. Todos nos cambiamos y nos pusimos el pijama.

Me puse mi pijama de ovejitas de terciopelo, se dormía muy a gusto con él, es muy suave.

 Hacia años que no estaba tanto con Zayn. Recuerdo que de pequeños éramos como hermanos, inseparables. Pero cuando creces, todo cambia. Él se ha vuelto un chico revoltoso. Ha estado con todas las chicas del instituto. La gente le ve como un mujeriego, pero lo conozco desde que nací y Zayn no es así. Antes sacaba muy buenas notas, y ahora por juntarse con Harry, han caído en picado.

Estaré incómoda, lo sé. Voy a estar muy cerca suya, sintiendo su respiración, ¡no voy a poder!
Zayn siempre me ha gustado. Cuando lo conocí, fue cómo un flechazo. Cada vez que me dedica una mirada, me entran escalofríos. No sé de qué hablaremos. No tenemos tema para conversar. Cuando vi mi segunda estrella, deseé que todo fuera como antes. Lo echaba de menos.

–Hey, Chari, ¿te vienes ya? –me preguntó Zayn mientras se rascaba la nuca. Pestañeé varias veces.

–Claro, claro. Métete tu primero. –me hizo caso y se metió. Me coloqué el sujetador, tomé aire y suspiré. Entré con cuidado.

Él estaba tumbado, con los dos brazos detrás de la cabeza. Se le subió un poco la camiseta, enseñando sus perfectas y definidas caderas. Sin querer, me mordí el labio inferior, menos mal que Zayn no me prestaba atención. Me tumbé con suavidad.

Cogió la manta y la colocó por encima mía, pasando su brazo por encima de mis pechos, que finalmente, los rozó. Lo hacía a posta. Ahuecó la almohada y terminó tapándose. Soltó un pequeño suspiro.

–¿Tienes sueño? –me preguntó. No tardé en responderle.

–Sí, un poco, ¿por qué lo preguntas? –me giré un poco para mirarle. Él miraba para arriba.

–Porque, –movió un poco la cabeza para mirarme a los ojos– me gustaría hablarte de algo importante. –colocó su cabeza de nuevo mirando para arriba.

–Bueno, si se trata de algo importante, creo que podré aguantar. –estaba nerviosa. Zayn tragó saliva.

–Verás,  –se frotó los ojos con delicadeza. Después, se puso las manos detrás de la cabeza de nuevo– me gustaría pedirte una cosa. –estaba empezando a ponerme más nerviosa.

–Continúa.

–Pedirte perdón. Sé que desde pequeños estábamos todo el día juntos. Compartíamos risas y hacíamos todo tipo de trastadas. Pero cuando pasamos al instituto los demás me trataban como un empollón y un pringado. Pero conocí a Harry y él me convenció de que cambiara. Ser cómo él. Me dijo que sería lo mejor y no tuve otra opción que hacerle caso. Por esa estúpida decisión, hice que nos distanciáramos. Pasaba de ti olímpicamente y eso no estaba bien. –se me estaba acelerando el corazón. Todo lo que estaba diciendo era verdad–. 
Me chuleaba de ti cuando estaba con mis amigos, ¿y sabes? Me sentía fatal. Odiaba cuando te ibas corriendo, llorando por mi culpa. Por eso, quiero pedirte perdón por todo lo que te he hecho, cuando tú has hecho muchas cosas por mí. Fui un completo estúpido.

–No tienes por qué pedirme perdón, somos amigos, ¿no?

–Te equivocas. Porque algunas veces deseaba que desaparecieses, porque tú me hacías reflexionar sobre si seguir con la actitud de pasota que tenía. Y yo no quería volverme cómo lo que era antes, un empollón, porque estaba muy cómodo siendo un chulo de mierda. –se le estaba quebrando la voz, pero lo tapaba carraspeando un poco la garganta.

–Hey, hey ,hey, tú no eras un chulo de mierda. –extendí el brazo y le acaricié la mejilla. No sabía qué estaba haciendo. Apoyó su cabeza en mi mano.

–Claro que lo era, ¿acaso no te acuerdas de lo mal que me comportaba contigo? Dios mío. –se le escapó una lágrima. El agua salada recorrió mi mano.

–No llores Zayn. O lloraré también.

–Te portabas tan bien conmigo. Y encima yo te trataba cómo si no fueses nada. Cambié, pero a mal. –esta situación era muy difícil–. Por eso quiero que me pidas perdón por todo lo que he hecho. Y sé que con un perdón no es suficiente. –sonreí de medio lado–.

–Claro que te perdono, chico malo. –se giró rápidamente y me abrazó. Más bien, me estrujó. Me encantó.

–Zayn, Zayn, no me aprietes tanto, que no puedo respirar. –dije entre risas.

–Lo siento, entonces, ¿todo va a ser cómo antes? –estaba llorando y sonriendo a la vez, qué mono.

–Por supuesto. –se mordió el labio inferior esbozando a la vez una sonrisa. Nos quedamos un rato mirando, haciéndose silencio, pero no era incómodo.

–Me acuerdo cuando jugábamos al príncipe y a la princesa. –dije.

–¡Me encantaba ese juego! ¿Sabes por qué? –negué con la cabeza.

–Porque tú eras mi princesa y yo te protegía de aquellos monstruos malos. –dijo entre comillas. No pude resistirme, y le besé la mejilla.

–¿Y esto? –dijo él tocándose la zona en donde le besé.

–Porque te quiero. –¡Oops! Se me escapó, mal Chari, mal.

–¿Cómo algo más? –me cogió la mano.

–No, te quiero como amigo. –noté en su mirada desilusión. No iba a decirle que llevaba toda mi vida colada por él, no, qué vergüenza.

–Yo también te quiero. Ahora que recuerdo, me encantaría irme de nuevo a España, a Sevilla. Me lo pasaba cómo nunca contigo.

–Este verano, podríamos repetir. –se le iluminaron los ojos. Me apretó la mano.

–¿Lo dices en serio?

–Sí. Además mi abuela estaría encantada de que volvieses a aparecer por allí.

–¿Seguro? Porque la última vez que fui hice un gran destrozo.

–¿Hiciste? Querrás decir hicimos. Qué bien lo pasamos, aunque mi abuela pilló un gran berrinche.

–Normal, ¿quién no se iba a enfadar? Si le inundamos todo el cuarto de baño. –me reí.

–Nos pegó una gran palmada en el culo. Me acuerdo que dije que no te pegara, que no te lo merecías. –fue un momento muy bonito.

–¿Cuántos años teníamos? ¿Seis? –dije mientras soltaba una pequeña carcajada.

–Esa edad me encantaba, sobre todo porque pasaba todo el día contigo. Siempre hacia todo los deberes muy pronto para después poder ir a jugar contigo al parque. Amaba balancearte en el columpio.

–Zayn, eres un cielo. –tenía unas ganas terribles de plantarle un beso, pero esta vez, en los labios. Levantó nuestras manos un poco, y se quedó mirándolas.

–Ahora que me doy cuenta, tu mano encaja con la mía perfectamente. Es como si estuviera hecha sola para mí.

Nos abrazamos muy fuerte. Echaba de menos esto. No me acordaba de su olor, y es un olor muy dulce. Me acariciaba el pelo lentamente, me sentía mejor que nunca.

–Cuando vi mi segunda estrella, pedí que todo fuera cómo antes, y creo que se está cumpliendo.

–Fui un completo idiota al perderte. Ahora no te dejaré ir.

–Zayn, debes saber, que tú nunca me has perdido. Porque tenía la esperanza de que algún día, fueses cómo el Zayn que conocí a los tres años. –él me achuchó todavía más. Soltó un bostezo.

–Creo que deberíamos dormir ya, ¿no te parece? –Zayn asintió y me separé de él. Pero me apegó a su cuerpo.

–No, no, no. Quiero que durmamos pegados. No es mucho pedir, ¿verdad?

–Qué tonto eres. –apoyé mi cabeza en su pecho. Me susurró:

–¿Siempre?

–Siempre.

Finalmente, nos dormimos. Hoy había sido el mejor día de mi existencia. Cómo lo echaba de menos. Cómo echaba de menos al antiguo Zayn.

domingo, 17 de febrero de 2013

Capítulo 10.

(Narra Niall).

 No tenía planeado quedarme toda la noche. ¿Ahora qué hago? Los chicos se van a enfadar conmigo. Y ahora para colmo Raquel no para de hacerme rabiar, ¿qué quiere conseguir con eso? ¿Enfadarme más de lo que estoy? Ya sabía yo que no me lo iba pasar muy bien con ella. Es una pesada y se comporta como una niña pequeña. No pensaba que iba a ser así. Lo que más gracia me hace es que tengo que compartir tienda con ella, y lo peor es que tengo que contarle mi vida, y eso añade también mi pasado. Odio hablar sobre eso, recuerdo todo lo que me ha pasado y me vengo abajo. Lo único que haré es contárselo aunque me cueste, irme de madrugada y desaparecer. Raquel me trae problemas y no puedo llevármela conmigo. Todavía no sé si la autoridad también le busca, pero lo más seguro es que sí. Esto es una mierda, estoy confuso. Por una parte, quiero irme y que se olviden de mí, y por otra, estar con Raquel para… ¿protegerla? Bueno, supongo que será responsable y sabrá cuidarse, pero de lo tonta que es, a lo mejor hasta le arrestan. Tierra, trágame.

 –¡Niall, ven a ayudarme! ¿Dónde te has metido? –Raquel me sacó de mis pensamientos. Bajé del tejado, y por suerte, no me caí.
 –Qué te pasa ahora. –dije cruzándome de brazos.
 –No sé cómo se monta el bicho este. –qué imbécil. Estaba juntado varas que ni si quiera encajaban.
 –Ten cuidado, a ver si las vas a romper. –se las quité de las mano. Busqué otra vara y la junté con la que tenía en la mano. En un abrir y cerrar de ojos, acabé de montar la tienda.
 –¿Cómo lo has hecho? Increíble. –¿Increíble? No es tan complicado.
 –No es tan difícil. Eres tú, que no sabes hacer nada. –como sabía que me iba a pegar, me aparté.
 –Ni que te fuera a matar, rubio. –¿Rubio? ¿Otra vez?
 –¡Sabes perfectamente que no quiero que me llames así! –me puse cara a cara con ella. Me puse un poco nervioso, estaba muy cerca, así que, me eché para atrás.
 –Oh, vamos Niall. ¿Prefieres que te llame rubio de bote? –eso ya no se lo consentía. Entonces, cedí.
 –Vale, llámame rubio. Pero déjame llamarte mongola. –no se me ocurría otra cosa, y solté lo primero que se pasó por la cabeza.
 –No, mongola no. Suena como si fuera, tonta. –me encogí de hombros.
 –Es que lo eres. Y lo siento. –me pegó muy fuerte, abrí mucho los ojos mientras me reía.
 –Uy sí, qué daño. –dije con tono burlón. Si ella me saca de mis casillas, yo también. Me miró subiendo una ceja.
–¿Qué pasa, no hablas? –estaba mirando por encima de mi hombro, se estaba riendo.
 –Dios. –me giré, y no pude contener la risa.
 –¡No hay derecho! Me estoy mareando. –Liam estaba metido en un saco de dormir y Harry le empujaba con la pierna para que rodara.
 –Has perdido la apuesta. Es que soy el mejor en el pulso. –dijo Harry tocándose los bíceps.
 –¡Has hecho trampa! Louis me hizo cosquillas.
 –¿Yo? ¿Cómo puedes acusarme de algo que no he hecho? –dijo señalándose.
 –Pobrecito Liam. –dijo Raquel. Se me ocurrió hacer una locura. Me acerqué al tejado, donde solo había nieve y cogí un gran puñado. Apreté bien la nieve, y se la lancé a Harry. ¿Y ahora cómo disimulo? Como no sabía qué hacer, miré al cielo.
 –Niall, no mola. Estaba distraído. –dijo mientras Zayn le quitaba la nieve.
 –¿Qué dices? Estás loco. –vi cómo Raquel se alejaba de mí. Entró en la casa con las demás. Louis me tiró una bola. Empezamos una guerra de bolas de nieve.
 –¡Eh, ayudadme! No puedo salir del saco. Tíos, esto no me gusta. –pasamos de Liam y seguimos a lo nuestro.

 (Narra Raquel).

 Busqué leña con Aída en el trastero. Mientras ella cogía más troncos, me puse a mover muebles porque vi una guitarra detrás de ellos. La cogí y soplé, haciendo que una nube de suciedad saliera de la guitarra.
 –Cristina hace mal en guardarla en este sitio. –negué con la cabeza.
 –¿Sabes tocarla? –preguntó Aída.
–No. Pero, voy a llevármela. Quién sabe, a lo mejor uno de nosotros sabe tocarla.

 Aída se llevó toda la leña que pudo y yo cogí la guitarra. Ya era la hora de cenar. Entramos en el jardín y todo estaba colocado: había taburetes, mantas, una mesa, platos, cubiertos, nubes y carne para asar.
 –¿Por qué traes la guitarra de mi padre? –dijo Cristina. En ese momento, a Niall se le iluminó la cara. Se dirigió hacia mí.
 –Es preciosa.
 –Hombre, eso ya lo sé. –dije echándome el pelo para atrás.
 –Tú no. La guitarra. –me la quitó de las manos. Reí.
 –Hacia tiempo que no tocaba una de estas. –se sentó en un taburete y empezó a tocar una canción que no conocía.
 –¿Sabes tocar la guitarra? –dijo Virginia sentándose a su lado. 
–Me encanta. La tocaba desde pequeño. –tocaba realmente bien.
 –Voy a encender la fogata, apartaros. –Cristina encendió una cerilla y la tiró a la leña.
 –¡Acabo de ver una estrella fugaz! –dijo Chari mirando al oscuro cielo. 
–¿Y has pedido un deseo? –preguntó Zayn.
 –Se me olvidó. –puso una mano en su frente. Zayn se rió de ella.
 –Bueno, iros sentando. Que yo pongo la carne. Y ayudad a Liam a que salga del saco, que lleva ahí toda la tarde.
 –Gracias, Raquel.
 –No hay de qué, cielo.

 Todos me hicieron caso y cogí los filetes de ternera. Puse la parrilla en la lumbre y con las tenazas pillé un filete. Qué buena pinta tenía. Harry sacó a Liam y le dio unas palmaditas en el hombro, él estaba serio, pero al final rió achinando los ojos. Comimos y Virginia abrió la bolsa de nubes. Repartió tres para cada uno porque en la bolsa había treinta. Acerqué una al fuego, la dejé un rato y finalmente soplé un poco. Justo en el momento en el que me la iba a comer, Niall cogió mi palo y se comió la nube de un bocado.
 –¡Pero bueno! –abrí mucho los ojos y fruncí el ceño.
 –Qué rica –decía mientras masticaba– está en su punto. –le di una colleja.

sábado, 16 de febrero de 2013

Capítulo 9.

(Narra Raquel).

 Nada más llegar a casa me metí de cabeza en la ducha. Necesitaba que mi cuerpo entrara en calor. Cuando terminé de secarme el pelo, me dirigí a mi habitación para vestirme. Abrí el armario y cogí unos pantalones pitillos color violeta, una camiseta ancha de hombro caído blanca y debajo una de tirantes de color gris. Me puse unas Nike y me hice una trenza. Acto seguido bajé. Toda la casa olía a chocolate caliente, cada vez tenía más hambre. Miré el reloj. Eran las cuatro de la tarde. Cuando bajé no encontré a Cristina, ¿dónde narices se habrá metido? Escuché cómo alguien rebuscaba en el trastero. Efectivamente, era Cristina.

 —¿Se puede saber qué estás haciendo? —pregunté.
—Mientras hacía el chocolate, me acordé de que tenía varias tiendas de campaña guardadas en el trastero. Y se me ha ocurrido...
 —¿Qué has inventado ahora? —le interrumpí.
 —Pues como tenemos un jardín bastante grande... he pensado que esta noche podríamos acampar, hacer una fogata, comer nubes... no me digas que no es una idea irresistible. —me giñó un ojo.
 —La verdad, es que no me convence mucho. —ahora lo que faltaba era que me pusiese su típica cara de cachorrito.
 —Por favor, por favor, por favor, por favor. —mierda. Resiste Raquel.
 —No.
 —¿Pero por qué? Si es muy divertido. Además en una tienda caben dos personas, y ya sabes. —subió las cejas. Le miré seria. Se hizo silencio. Entonces suspiré.
 —Bueno, de acuer- —me cortó la palabra abrazandome mientras decía miles de veces "gracias", tampoco es que fuera para tanto, pero se le notaba que le hacía ilusión. Y, ¿por qué no? Sonaba entretenido. Además, podría hablar con Niall con más privacidad. Pero ahora que lo pienso, ¿tendría que dormir con él? Suena mal, pero es necesario. Cristina todavía estaba sacando las tiendas.
—¿Cuántas tienes?
 —Pues, unas cuantas. Cuando era pequeña iba a los Scouts, me encantaba. Y esta noche voy a recordar lo bien que me lo pasaba. —dió pequeños saltitos de felicidad.
 —Voy a poner la mesa.
 —Vale.

 Cogí diez tazas y diez cucharas. Puse primero el mantel. Había diez sillas justas. Miré el reloj otra vez. Eran ya las cinco y media. Tocaron el timbre. Fui a abrir. Eran Virginia y Liam.
 —¡Hey, hola! —le di dos besos a cada uno. Virginia se giró y le dijo adiós a un chico pelirrojo que se alejaba montado en un coche.
 —¿Quién es? —dije.
—Es mi hermanastro Ed, nos ha traído a Liam y a mí. Hemos hecho galletas de chocolate en mi casa.
—Liam me extendió las galletas con una media sonrisa.
 —¡Qué pinta tienen! Ha sido todo un detalle. Gracias. —les abracé. Hacia bastante que no comía galletas caseras. 
—No ha sido nada. Aunque se nos han quemado las galletas varias veces porque Liam se distraía. 
—Bueno, no me distraía, solo que no prestaba atención. —se encogió de hombros.
Nosotras reímos. Pasamos y se sentaron en la mesa. Dejé las galletas en la cocina. A Cristina se le iluminó la cara.
—¿Quién las ha traído? —me las quitó de las manos.
 —Las han hecho Liam y Virginia. —volvió a sonar el timbre. Salí corriendo y abrí. Era Harry.
 —¡Hola, Rachel! —me abrazó. ¿Rachel? Me gusta el nombre. Entró sin que le diera permiso.
—¡Cristina! —gritó cantando. Ella se asomó. Corrió hacia él.
 —Hola amor. Me quedé en la puerta, para ver si venía alguien más.
Llegaron los que faltaban, menos Niall. Quién sabe, siendo como es, habrá cambiado de idea y estará por ahí haciendo lo que le sale de las narices. Bueno, solo queda esperar. Cerré la puerta. Me acerqué a la mesa.
 —Raquel, ¿puedes ir a por las servilletas? Se me han olvidado. —dijo Cristina. Asentí. Abrí el armario, y no las encontraba. Seguí buscando y escuché un estruendo en el pequeño patio de la cocina. Miré por el cristal de la puerta para comprobar qué era, pero no vi nada. Abrí la puerta suavemente y me encontré a Niall.
—Dios, qué dolor. —se frotaba el culo. Me restregué la mano por la cara.
 —¿No puedes entrar por la puerta, como todo el mundo?
—Me perseguían.
 —¿Quiénes? —le dejé entrar.
 —Unos. —en ese momento, entró Cristina.
 —Raquel, cuánto te fal... ah, hola Niall.
 —Hola. —dijo él.
 —¿Qué te ha pasado? Tienes los pantalones mojados.
—Es solo que se ha meado encima.—reí y el me miró con desprecio.
 —Me resbalé con el hielo mientras iba de camino. —mintió.
—¿Por dónde has entrado? Porque no he escuchado que llamaran a la puerta.
—Claro que he entrado por la puerta. ¿Verdad, Raquel?
—Por supuesto. No es que haya entrado por el patio de la cocina ni nada por el estilo, no que va. —dije con tono irónico. El me pisó. Aguanté el dolor.
 —No os creo. —dijo Cristina.
—¡Te estoy diciendo la verdad! —lo dijimos a la vez. Nos miramos extrañados.
—Que era broma, idiotas. —dijo ella cogiendo las servilletas. Después se largó. Le seguí. —¡Espera un momento! Hay un problema.
—Cuál. —le miré.
 —¿Es que no me ves? Estoy empapado. Aunque no lo creas, me da vergüenza. —subí una ceja.
 —Espera aquí. —me fui al baño de la planta baja. Cogí el secador. Volví a la cocina.
—Si piensas que me vas a secar con eso, te vas a tirar una vida.
 —Oh, entonces lo guardo.
—No, no, no, no, por favor. Esta sensación de frío en los huevos, no es muy agradable. —enchufé el secador y lo puse a máxima potencia.
 —¡Oye, que quema!
 —Deja de quejarte. Date la vuelta. —dio la vuelta rápidamente. Al fin se le secaron los pantalones y dejé el secador en su sitio. Me salí por fin de la cocina. Niall no venía.
—¡Venga, rubio! —me senté.
—¡No me llames así! —gritó. Al fin, vino.
—Hey. —dijo serio, hubo un pequeño silencio.
—¡Qué pasa tío! —Zayn se levantó y le estrechó la mano. Niall estaba confuso.
 —Por fin vienes. —dijo Harry con una media sonrisa.
—¿Qué habéis estado haciendo en la cocina? —preguntó Louis.
—Sencillamente, le estaba secando los pantalones. —me encogí de hombros. Todos se rieron menos Niall, que me miraba mientras bufaba. 
—¿Podemos comer ya? —dijo Chari viendo cómo el chocolate humeaba.
 —Desde luego. —me levanté y cogí su taza. Hice lo mismo con todas hasta que cogí la de Niall. Solo la llené un dedo.
 —Esto es muy poco. Quiero más. —extendió su taza. La cogí. La llené hasta el filo.
—¡Pero no tanto! Quiero menos.
—¿Te aclaras o no? Si no quieres chocolate, habérmelo dicho desde el principio. —volqué un poco su taza encima de la cacerola quitando un poco de chocolate.
—¡No, espera! Me conformaré... —finalmente, me llené mi taza.
 —¿Habéis terminado de chincharos ya? —dijo Cristina— tengo que comentar una cosa.
—Adelante. —dije.
—No sé si os gustará la idea, pero me he acordado de que tenía varias tiendas guardadas. Y bueno, podríamos acampar en el jardín, hacer fuego, comer nubes... ¿qué os parece?
 —Suena divertido. —dijo Aída pegándole un mordisco a una galleta de chocolate.
—¿Quién ha hecho estas galletas? Porque están deliciosas. —dijo.
—Nosotros. —dijeron Liam y Virginia al mismo tiempo. Aída volvió a morder.
—A mí me encanta la idea. —dijo Harry— además, esta noche se despejará el cielo y habrá estrellas fugaces.
 —¿En serio? —Liam se emocionó.
 —Enserio.
 —¿Cuántas personas caben en una tienda? —preguntó Zayn. 
—Dos personas. —respondió Cristina. Se puso la mano en la frente nervioso.
—¡Me está gustando más la idea! —rió Harry— ¿Tenéis alcohol?
 —Claro que tenemos, pero son de los padres de Cristina. —dije. 
—Entonces, ¿todos queréis?
 —¡Sí!
 —¿Y tú, Niall? —todos le miraron. 
—No. —dijo rotundo. Mierda, ¿ahora qué? Tenía que convencerle.
—Venga, Horan, enrróllate. —le pegué un puñetazo suave en el hombro.
 —No quiero compartir tienda contigo. —hice una mueca.
 —Solo será esta vez, ahora no te pongas así. —le di golpecitos en la mejilla con el dedo. Se apartó.
—De acuerdo.
 —Pues entonces —se levantó Cristina— ¡quitemos la mesa y montemos las tiendas!

Quitamos la mesa rápidamente, pero Niall pasó y se sentó en el sofá. Me quité el coletero de la trenza y se lo tiré a la cabeza. Pasó Zayn por mi lado con algunos platos que quedaban y le paré.
 —Bueno, lo que te estaba diciendo. —me miró con cara de interrogación.
 —¡Au! ¡¿Quién me lo ha tirado?! —Zayn se fue poniendo los ojos en blanco mientras suspiraba. Escuché que se reía. Le seguí sigilosamente.
—Raquel... —me giré despacio. Niall me tiró un cojín, pero lo esquivé.
 —¡Hasta mi abuela tiene más puntería que tú!
—¡Joder! —sali corriendo y él también. Entré al jardín donde estaban todos quitando la nieve y montando las tiendas. Me puse detrás de Virginia. La cogí de los brazos.
 —¡Socorro! Me están utilizando de escudo. —entonces Zayn me cogió haciendo que soltara a Virginia.
—¡Eh, eh! ¡Eso no vale! —dije frunciendo el ceño.
—Gracias tío. —Niall me tiró del pelo. Lo tenía suelto ya que me había quitado el coletero para tirárselo a Niall a modo de tirachinas.
 —¡Para! Me dejarás calva. —el rió. Zayn me soltó— los dos estáis compinchados.
 —No haberme tirado esto. —me enseñó el coletero. Fui a cogerlo, pero se lo escondió detrás de la espalda.
—¡¿Ya estamos?! —fui a cogerle su brazo izquierdo, pero este subió el derecho donde tenía el coletero.
 —Demasiado lenta. —Chari le quitó el coletero de la mano. Niall abrió los ojos. Zayn se rió.
—¿No te lo esperabas, eh? —dijo Chari devolviéndome mi coletero. Los cuatro nos pusimos cara a cara. —Tontas.
 —Idiotas.
—Locas.
 —Cabrones.
—Capullas.
—Gilipollas.
—Perras. —pasó Liam por en medio separandonos.
 —Venga, no os peléis ahora, que queda mucha tarde por delante. —cada uno nos fuimos por nuestro lado.

lunes, 4 de febrero de 2013

Capítulo 8.


(Narra Raquel).

 Me lo estaba pasando muy bien. Harry y Louis tenían los pantalones y el abrigo mojados, a causa de la nieve. Creo que como no se cambien ya, pillarán un catarro bastante gordo. La verdad, sigo sin entender a Zayn. Dijo que Niall le parecía simpático cuando le había tratado de esa manera. No conozco mucho a Niall, aunque me gustaría que me contara su vida. A lo mejor tiene algún problema con su familia o algo así. Quizás sea eso lo que le hace tan insoportable y borde. Supongo que Zayn tiene esperanzas de que Niall es bueno en el fondo, pero muy en el fondo. Sé que esto sonará algo extraño, pero me gustaría que esta tarde por casualidad apareciese Niall de la nada y que estuviera allí conmigo, en casa. No es porque me gusta y tal, sino porque tengo curiosidad de saber por qué se comporta de esa manera con los demás. Y en especial conmigo. En ese momento, Aída me llamó la atención.

–Raquel, ¿no es ese Niall el que va corriendo con todos esos chicos? –fijé mi mirada donde me había indiciado Aída. Asombrada y sin pensármelo, salí corriendo.
–Esperadme, ya vuelvo. Y no os preocupéis por mí.
Me alejé lo bastante como para no escuchar lo que me decía Aída. “¿En qué lío se habrá metido ahora?” pensé mientras salía del parque y me quedaba de pie en la acera mirando de izquierda a derecha. A mi lado, había una chica sentada en un banco con su bicicleta en el suelo. No me lo pensé dos veces.

–¿Cómo te llamas?
–Yo Mirella. –se cruzó de piernas.
–Déjame tu bici, por favor.
–¿Por qué? ¿Qué vas a hacer con ella?
–Luego te lo explicaré. Ahora debo darme prisa. –en un movimiento rápido incorporo la bici y me subo en ella. Hacía tiempo que no me subía en una de estas, pero me las puedo apañar. Me puse el gorro de el abrigo y me lo abroché. Empecé a pedalear lo más fuerte posible. Pude escuchar que Mirella me decía “¡Cuando me la devuelvas, no quiero verle ningún rasguño! ¿Entendido?”. Pude ver a dos policías corriendo detrás de un grupo de chicos. Delante estaba Niall, así que tuve que pedalear todavía más fuerte. Había chicos que me miraban algo extrañados, pero pasé de ellos. Ya estaba al lado de Niall.

–¡Niall, rápido sube! ¡No te lo pienses, coño!
–¿Qué haces aquí? –no le pude entender bien, ya que estaba corriendo a más no poder y necesitaba aire.
–Salvarte de un gran aprieto. ¿Subes o no? –asintió.
Me puse de pie sobre los pedales dejando el sillín libre para él. Uno de sus amigos se acercó. Le dijo “Ya sabes donde estaremos. Vamos a despistar a estos dos dividiéndonos. Ten cuidado” en ese momento Niall se sentó en el sillín. Aceleré el ritmo. Sentí que Niall miraba para atrás, porque me estaba agarrando por la cintura. Noté que él estaba algo asustado. ¿El motivo? Se agarró más fuerte a mí y apoyó su cabeza en mi espalda. Me metí por un callejón que no tenía salida. Paré de pedalear.

–Eh, Niall, que ya hemos parado. Puedes soltarme. –se bajó rápidamente. Yo me reí un poco.
–¿Por qué? –ahora me miraba preocupado.
–¿Qué pasa? –dejé la bicicleta apoyada en la pared y me metí las manos en el bolsillo.
–¿Que qué pasa? Pasa, que ahora por lo tonta que eres, puede que a partir de ahora también la policía te busque por haberme ayudado a escapar.
–No importa. –vi que cerraba los puños con fuerza.
–Tú no sabes en qué lío te acabas de meter, Raquel. No sé por qué lo has hecho. Desde luego, no piensas.
–Niall, no han debido de verme mucho. No es problema. –miraba al suelo. No quería mirarle en este momento.
–¿Y si no es así? Deberías haberte quedado con tus amiguitos, en vez de ayudarme. Y vuelvo a preguntar, ¿por qué?
–Quiero conocerte. –bufó.
–¡Ya me conoces!
–No Niall, te equivocas. Yo no conozco al verdadero tú. Y debo saberlo. –se quedó callado. – Además, tienes que protegerme de los polis malos.
–No es un juego. Y además, no creo que aguante estar mucho contigo.
–¿Te quieres callar? Ahora, escúchame. Hoy hemos quedado en mi casa a tomar chocolate caliente. Creo que pasaremos toda la tarde allí. Quiero que me lo cuentes todo, detalle a detalle.
–No puedo dejar a los demás solos. –se mordió el labio inferior.
–No se van a morir porque les dejes una tarde solos. Son lo bastante mayores como para que se cuiden ellos mismos. Vente, por favor. –le cogí un mano. Estaba helada. Le apreté para que sintiera mi calor. Pero él la quitó de inmediato. Se tocó el pelo. Hubo un silencio incómodo.
–A qué hora.
–A las cinco y media. Vivo en…
–No, no hace falta que me lo digas. Sé donde está la casa de Cristina. –¿Cómo mierda lo sabía? Se colocó su capucha como de costumbre y empezó a caminar.
–Un momento Niall.
–Qué pasa. –se paró, pero no se giró para verme.
–¿Me vas a devolver mi gorro? –esta vez si se dio la vuelta.
–Eres una pesada. Puede que sí, puede que no. –le saqué la lengua. Él me enseño el dedo. Entonces, desapareció.
Cogí la bici y volví al parque. Me encontré a Mirella todavía en el banco, tomándose unas pipas. Cuando aparecí, sonrío.
–Veo que la has traído sana y salva. –le dejé la bici y ella se montó.
–Gracias, enserio. Me llamo Raquel. –me guiñó.
–No ha sido nada, guapa. –después de esto, ella se marchó. Alguien me abrazó por detrás. Escuché su risa y al instante supe que era Cristina.