domingo, 17 de febrero de 2013

Capítulo 10.

(Narra Niall).

 No tenía planeado quedarme toda la noche. ¿Ahora qué hago? Los chicos se van a enfadar conmigo. Y ahora para colmo Raquel no para de hacerme rabiar, ¿qué quiere conseguir con eso? ¿Enfadarme más de lo que estoy? Ya sabía yo que no me lo iba pasar muy bien con ella. Es una pesada y se comporta como una niña pequeña. No pensaba que iba a ser así. Lo que más gracia me hace es que tengo que compartir tienda con ella, y lo peor es que tengo que contarle mi vida, y eso añade también mi pasado. Odio hablar sobre eso, recuerdo todo lo que me ha pasado y me vengo abajo. Lo único que haré es contárselo aunque me cueste, irme de madrugada y desaparecer. Raquel me trae problemas y no puedo llevármela conmigo. Todavía no sé si la autoridad también le busca, pero lo más seguro es que sí. Esto es una mierda, estoy confuso. Por una parte, quiero irme y que se olviden de mí, y por otra, estar con Raquel para… ¿protegerla? Bueno, supongo que será responsable y sabrá cuidarse, pero de lo tonta que es, a lo mejor hasta le arrestan. Tierra, trágame.

 –¡Niall, ven a ayudarme! ¿Dónde te has metido? –Raquel me sacó de mis pensamientos. Bajé del tejado, y por suerte, no me caí.
 –Qué te pasa ahora. –dije cruzándome de brazos.
 –No sé cómo se monta el bicho este. –qué imbécil. Estaba juntado varas que ni si quiera encajaban.
 –Ten cuidado, a ver si las vas a romper. –se las quité de las mano. Busqué otra vara y la junté con la que tenía en la mano. En un abrir y cerrar de ojos, acabé de montar la tienda.
 –¿Cómo lo has hecho? Increíble. –¿Increíble? No es tan complicado.
 –No es tan difícil. Eres tú, que no sabes hacer nada. –como sabía que me iba a pegar, me aparté.
 –Ni que te fuera a matar, rubio. –¿Rubio? ¿Otra vez?
 –¡Sabes perfectamente que no quiero que me llames así! –me puse cara a cara con ella. Me puse un poco nervioso, estaba muy cerca, así que, me eché para atrás.
 –Oh, vamos Niall. ¿Prefieres que te llame rubio de bote? –eso ya no se lo consentía. Entonces, cedí.
 –Vale, llámame rubio. Pero déjame llamarte mongola. –no se me ocurría otra cosa, y solté lo primero que se pasó por la cabeza.
 –No, mongola no. Suena como si fuera, tonta. –me encogí de hombros.
 –Es que lo eres. Y lo siento. –me pegó muy fuerte, abrí mucho los ojos mientras me reía.
 –Uy sí, qué daño. –dije con tono burlón. Si ella me saca de mis casillas, yo también. Me miró subiendo una ceja.
–¿Qué pasa, no hablas? –estaba mirando por encima de mi hombro, se estaba riendo.
 –Dios. –me giré, y no pude contener la risa.
 –¡No hay derecho! Me estoy mareando. –Liam estaba metido en un saco de dormir y Harry le empujaba con la pierna para que rodara.
 –Has perdido la apuesta. Es que soy el mejor en el pulso. –dijo Harry tocándose los bíceps.
 –¡Has hecho trampa! Louis me hizo cosquillas.
 –¿Yo? ¿Cómo puedes acusarme de algo que no he hecho? –dijo señalándose.
 –Pobrecito Liam. –dijo Raquel. Se me ocurrió hacer una locura. Me acerqué al tejado, donde solo había nieve y cogí un gran puñado. Apreté bien la nieve, y se la lancé a Harry. ¿Y ahora cómo disimulo? Como no sabía qué hacer, miré al cielo.
 –Niall, no mola. Estaba distraído. –dijo mientras Zayn le quitaba la nieve.
 –¿Qué dices? Estás loco. –vi cómo Raquel se alejaba de mí. Entró en la casa con las demás. Louis me tiró una bola. Empezamos una guerra de bolas de nieve.
 –¡Eh, ayudadme! No puedo salir del saco. Tíos, esto no me gusta. –pasamos de Liam y seguimos a lo nuestro.

 (Narra Raquel).

 Busqué leña con Aída en el trastero. Mientras ella cogía más troncos, me puse a mover muebles porque vi una guitarra detrás de ellos. La cogí y soplé, haciendo que una nube de suciedad saliera de la guitarra.
 –Cristina hace mal en guardarla en este sitio. –negué con la cabeza.
 –¿Sabes tocarla? –preguntó Aída.
–No. Pero, voy a llevármela. Quién sabe, a lo mejor uno de nosotros sabe tocarla.

 Aída se llevó toda la leña que pudo y yo cogí la guitarra. Ya era la hora de cenar. Entramos en el jardín y todo estaba colocado: había taburetes, mantas, una mesa, platos, cubiertos, nubes y carne para asar.
 –¿Por qué traes la guitarra de mi padre? –dijo Cristina. En ese momento, a Niall se le iluminó la cara. Se dirigió hacia mí.
 –Es preciosa.
 –Hombre, eso ya lo sé. –dije echándome el pelo para atrás.
 –Tú no. La guitarra. –me la quitó de las manos. Reí.
 –Hacia tiempo que no tocaba una de estas. –se sentó en un taburete y empezó a tocar una canción que no conocía.
 –¿Sabes tocar la guitarra? –dijo Virginia sentándose a su lado. 
–Me encanta. La tocaba desde pequeño. –tocaba realmente bien.
 –Voy a encender la fogata, apartaros. –Cristina encendió una cerilla y la tiró a la leña.
 –¡Acabo de ver una estrella fugaz! –dijo Chari mirando al oscuro cielo. 
–¿Y has pedido un deseo? –preguntó Zayn.
 –Se me olvidó. –puso una mano en su frente. Zayn se rió de ella.
 –Bueno, iros sentando. Que yo pongo la carne. Y ayudad a Liam a que salga del saco, que lleva ahí toda la tarde.
 –Gracias, Raquel.
 –No hay de qué, cielo.

 Todos me hicieron caso y cogí los filetes de ternera. Puse la parrilla en la lumbre y con las tenazas pillé un filete. Qué buena pinta tenía. Harry sacó a Liam y le dio unas palmaditas en el hombro, él estaba serio, pero al final rió achinando los ojos. Comimos y Virginia abrió la bolsa de nubes. Repartió tres para cada uno porque en la bolsa había treinta. Acerqué una al fuego, la dejé un rato y finalmente soplé un poco. Justo en el momento en el que me la iba a comer, Niall cogió mi palo y se comió la nube de un bocado.
 –¡Pero bueno! –abrí mucho los ojos y fruncí el ceño.
 –Qué rica –decía mientras masticaba– está en su punto. –le di una colleja.

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